Notas para pensar los vínculos · Expectativas y espera

¿A quién esperamos cuando esperamos que el otro cambie?

La espera puede estar llena de señales, fantasías y futuros posibles. Mientras aguardamos que algo suceda, también podemos quedar viviendo alrededor de esa posibilidad.

Un tejido se desarma en hilos que forman bucles y recuperan una dirección propia
Tejer, destejer y volver a comenzar: la espera como un intenso trabajo de la vida psíquica.

Penélope tejía durante el día y destejía por la noche mientras esperaba el regreso de Ulises.

Su espera no era un tiempo vacío. Estaba llena de acciones, pensamientos, estrategias y promesas. Cada día hacía algo para sostener aquello que esperaba; cada noche volvía a comenzar.

Quizás por eso su figura continúa resultando tan actual.

También hoy podemos quedar detenidos en una espera mientras, alrededor de ella, desplegamos una enorme actividad psíquica: interpretamos mensajes, revisamos conversaciones, imaginamos explicaciones, anticipamos encuentros y construimos versiones posibles de un futuro que todavía no existe.

Esperamos que la otra persona comprenda. Que cambie. Que pueda comprometerse. Que responda como responderíamos nosotros. Que llegue a convertirse en quien alguna vez pareció que podía ser.

Y mientras esperamos, tejemos.

Esperar también es hacer algo

La espera suele pensarse como una posición pasiva. Sin embargo, quien espera puede realizar un intenso trabajo emocional.

Una palabra se convierte en promesa. Un gesto ambiguo adquiere un significado especial. Una ausencia necesita ser explicada. Una aparición inesperada renueva la esperanza.

Marie Langer utilizó la expresión “complejo de Penélope” para pensar ciertas esperas organizadas alrededor de una sucesión de fantasías: llamará, no llamará, vendrá, no vendrá, esta vez será diferente.

La confirmación momentánea no siempre interrumpe el circuito. A veces lo reinicia.

Quien espera teje sentidos para sostener una posibilidad. Después, frente a una nueva decepción, desteje una parte de la historia. Pero conserva algún hilo con el que volver a comenzar.

La espera puede transformarse así en una manera de permanecer vinculados incluso cuando la relación concreta ofrece muy poco para sostenerse.

Penélope frente a una pantalla

Las tecnologías modificaron profundamente las escenas de espera.

Actualmente tenemos rastros de la presencia del otro: una conexión reciente, un mensaje leído, una historia publicada, una fotografía, un “me gusta”, una respuesta breve después de varios días.

Sabemos que la otra persona está allí y, al mismo tiempo, no sabemos qué lugar ocupamos para ella.

“Vio mi mensaje, pero no respondió”.

“Está conectado y no me escribe”.

“Reaccionó a mi historia; quizás todavía le importo”.

“Dijo que está confundido. Tal vez necesite tiempo”.

La información disponible no necesariamente produce claridad. En ocasiones multiplica las preguntas y alimenta la vigilancia. La espera ya no ocurre junto a un teléfono silencioso: nos acompaña durante todo el día en una pantalla que ofrece pequeñas pruebas de presencia sin garantizar un encuentro.

Así se construye una forma contemporánea de quedar en suspenso: el otro nunca termina de estar, pero tampoco desaparece por completo.

Esperar a la persona posible

Muchas expectativas no se dirigen solamente hacia quien tenemos delante. Se orientan hacia la persona que imaginamos que podría llegar a ser.

Esperamos que, con suficiente amor, paciencia o comprensión, el otro pueda mostrarse disponible. Que deje atrás sus temores. Que finalmente reconozca lo que sentimos. Que descubra el valor del vínculo.

Esa posibilidad futura puede volverse más poderosa que la experiencia presente.

Entonces dejamos de relacionarnos únicamente con lo que la persona hace y comenzamos a vincularnos con su potencial. Cada gesto que coincide con nuestra esperanza confirma que vale la pena seguir esperando. Todo aquello que la contradice puede ser leído como una dificultad transitoria.

La pregunta dolorosa aparece cuando el tiempo pasa y el vínculo continúa organizado alrededor de lo que todavía podría suceder.

¿Cuánto de la relación existe efectivamente y cuánto depende de una promesa que sostenemos?

Las historias de género también enseñaron a esperar

La espera amorosa posee una historia social.

Durante mucho tiempo, a las mujeres se les propuso la paciencia, la comprensión y la capacidad de cuidar como pruebas de amor. Esperar al varón, acompañar sus procesos, justificar sus dificultades y confiar en su transformación formaron parte de los ideales tradicionales de femineidad.

A los varones, en cambio, se les permitió con mayor frecuencia conservar autonomía, evitar ciertas conversaciones emocionales o demorar las decisiones vinculares.

Estas posiciones no describen a todas las personas ni permanecen intactas. Mujeres, varones y personas de diversas identidades pueden esperar, alejarse, temer el compromiso o buscar confirmaciones. Sin embargo, los mandatos de género siguen influyendo en aquello que cada quien siente que debe tolerar, ofrecer o postergar para merecer amor.

La Penélope contemporánea no tiene una única identidad. Representa una posición posible dentro del vínculo: la de quien suspende una parte de su vida mientras aguarda que el otro se decida.

Lo que la espera nos evita afrontar

Soltar una expectativa no consiste simplemente en “elegirse” o pensar de manera diferente.

A veces esperamos porque reconocer la situación presente implicaría atravesar una pérdida. Tendríamos que despedirnos no sólo de una persona, sino también del futuro que imaginamos con ella.

Otras veces la espera protege frente a la soledad, la incertidumbre o la pregunta por el propio deseo. Mientras aguardamos una respuesta, parece que nuestra vida todavía depende de algo que puede suceder. La promesa evita, por un tiempo, el vacío que produciría aceptar que quizás no suceda.

Por eso las expectativas no desaparecen mediante una orden. Necesitan ser comprendidas.

¿Qué historia sostenemos mientras esperamos?

¿Qué representa esa persona?

¿Qué tendríamos que elaborar si dejáramos de creer que cambiará?

Esperar juntos y quedar en suspenso

Todo vínculo necesita tiempo. Las personas atraviesan crisis, elaboran experiencias y pueden transformar sus modos de relacionarse.

La diferencia no está solamente en cuánto dura una espera, sino en cómo se la habita.

Una espera compartida cuenta con conversaciones, acuerdos y acciones reconocibles. Ambas personas participan en la construcción del vínculo, aun cuando todavía no sepan con certeza hacia dónde se dirigen.

Quedar en suspenso es diferente. Allí una persona espera mientras la otra administra la distancia. El vínculo se sostiene mediante señales intermitentes, promesas imprecisas o momentos de cercanía que no logran construir continuidad.

En una espera compartida existe un “nosotros” capaz de hablar sobre lo que está ocurriendo. En la suspensión, quien espera suele quedar a solas tratando de interpretar.

Dejar de destejer la propia vida

Penélope también puede ser leída como una figura de astucia. Tejer y destejer fue su manera de ganar tiempo y conservar cierta capacidad de decisión dentro de condiciones que no había elegido.

La pregunta contemporánea consiste en reconocer cuándo esa estrategia todavía nos protege y cuándo comenzó a mantenernos detenidos.

Salir de una espera no requiere negar lo que sentimos ni declarar que el otro dejó de importarnos. Puede comenzar al recuperar la propia relación con el tiempo.

Mirar qué está ocurriendo ahora, más allá de lo que podría ocurrir.

Reconocer qué ofrece efectivamente el vínculo.

Escuchar el costo emocional de permanecer en suspenso.

Aceptar que amar a alguien y poder construir una relación con esa persona son experiencias diferentes.

Tal vez soltar una expectativa implique dejar de tejer alrededor de la ausencia del otro para volver a tejer una historia en la que nuestra vida también pueda avanzar.

No se trata de renunciar a esperar todo de los vínculos. Seguiremos deseando reciprocidad, cuidado, presencia y reconocimiento.

Se trata de distinguir entre una expectativa que puede ser conversada y construida entre dos, y una espera que nos deja viviendo a condición de que alguien, algún día, se convierta en quien necesitamos que sea.